15 mayo 2006

El Valor del Esfuerzo: Lección del Día de Las Madres

Siempre he sido enemiga de las cosas fáciles. Del ventajismo no reconocido. Del desagradecimiento hacia las cosas que por fortuna muchos tenemos y que a otros les son muy difíciles conseguir. Siempre he sentido especial consideración hacia las personas que poseen menos, hacia las cosas que cuestan más trabajo y no sólo en el aspecto económico, sino en todos los aspectos. Por esta razón me han espetado mil veces que me encanta darme mala vida, que me encanta complicarme las cosas. Pero eso es parte de los valores con los que me formaron.

Mi hijo Christian está repitiendo quinto grado este año. Él necesitaba una lección y nosotros necesitábamos dársela. Así que decidimos quitarle ciertas comodidades que había tenido toda la vida. Esta vez tenía que esforzarse por si mismo, en un salón con más de treinta niños, donde iba a tener que caminar lo nunca caminó para ir al colegio y levantar la mano más alto de lo nunca la alzó para que la maestra pudiera verlo. Además tenía que sobresalir por encima del doble de niños de los que jamás tuvo en sus salones de clase anteriores, si quería ser tomado en cuenta, cosa que para él es muy importante. Ya no le bastaría con ser un “niño lindo”.

El viernes estuve en su escuela para su acto de “Día de Las Madres” que estaba pautado para las tres de la tarde, en el patio, pero la lluvia obligó a improvisar otra locación para realizarlo: La Biblioteca. Cada representante tomó su silla y subió las escaleras para instalarnos en el nuevo escenario. El sonido también falló y no podríamos disfrutar del acto cómodamente porque obviamente, este salón no disponía de una tarima que nos permitiera a todos ver lo que los niños nos habían preparado.

Después de mucho probar, los docentes lograron instalar un equipo que al menos para ese momento nos permitiría escuchar hasta el fondo del salón lo que los niños nos presentarían a continuación. Los representantes, por nuestra parte, nos organizamos de manera tal que ellos tuvieran suficiente espacio para su acto y nosotros pudiéramos dentro de lo posible, disfrutarlo al máximo. Así que allí estábamos, pegaditos unos de otros para que entráramos todos, haciendo el mayor silencio posible para poder escuchar entre carcajadas y lágrimas, lo que aquellas vocecitas y aquellas caritas nos regalaban con sus bailes, sus poemas y sus canciones. Fue muy emotivo. Y a la final todo salió muy bien.

Pero para mí lo más hermoso fue ver cómo se unieron los esfuerzos de los niños, maestros y representantes en resolver lo que hiciera falta para que el acto pudiera realizarse y saliera lo mejor posible. No cabía en mí mayor gusto que el que sentí al voltear y mirar a Christian ayudando a otras mamás a cargar sus sillas y verlo con sus amiguitos haciendo de niñero con los más pequeños para que las homenajeadas pudiéramos disfrutar plenamente el acto que con tanto cariño y esfuerzo nos habían preparado. En los colegios anteriores el acto se hubiera suspendido y mi hijo nunca hubiera tenido que preocuparse por nada, porque tenía de sobra quien solucionara sus problemas. Todo quedó precioso y pudo resolverse con el esfuerzo de todos y me sentí muy aliviada de que estuviera pasando todo esto, porque vi que mi hijo se ha vuelto más solidario, más colaborador, está más dispuesto a ayudar y a esforzarse por lograr lo que quiere, antes de quejarse o lamentarse por lo que debe hacer para conseguirlo.

El domingo reafirmamos ese concepto. Mi madre, como muchos saben, vino de Margarita y el domingo lo pasamos con ella y mi familia materna que vive aquí. Nos reunimos en casa de mi abuelita. Cerro arriba, en El Valle. En una casita del tamaño de la sala del apartamento donde vivimos con la familia de mi esposo. Estaban mis tíos (algunos viven unas escaleras más abajo, otros en los cerros de Petare). Se respiraba humildad y necesidades, pero también alegría de estar juntos. En un cuadro colgado en la pared, pintado por mi tío Andrés, se leía de Alí Primera: No importa la Oscuridad, lo que importan son los Pasos. Todos pusieron lo que podían y preparamos un “cruzao” de pollo y res que quedó de muerte lenta sazonado con el amor de mi abuela y mi madre. Los regalos llovieron sobre nuestra viejita. Se les notaba a cada uno el sacrificio que hacían, pero la sonrisa tan radiante que tenían al ver a la abuela feliz, apagaba cualquier cosa. Se respiraba amor.

De regreso a casa, pensaba en la familia de mi adorado Eduard. Estaba un poco preocupado por mi suegra, quería estar también con ella. Cuando llegamos, se sentaron a conversar un rato, a escucharla lamentarse de lo que no hizo porque ya no se puede, porque este país se lo llevó quien lo trajo, porque antes tenía y ahora no tiene como antes. Me dolió mucho que entre cuatro hermanos con posibilidades, con ventajas, “con qué”, no pudieran ponerse de acuerdo para dedicarse a mi suegra el Día de Las Madres. Cada quien anda por su lado. Sólo excusaría a mi cuñado, quien estaba apoyando a su esposa en un momento muy difícil para la familia de ella: la enfermedad y agonía de su abuelita. Pero ellos, a pesar de estar viviendo ese momento tan duro en una clínica, estaban juntos. Estoy convencida de que cuando hay disposición, todo es posible. El año pasado mi esposo y yo preparamos un almuerzo especial para compartir en familia. Pero, 30 minutos antes de almorzar, mis cuñadas resolvieron salir con sus novios y mi suegra prefirió salió a comer fuera con mi otro cuñado. Almorzamos solos. El resto de la comida, quedó fría en la nevera. El vino para brindar, se convirtió en amargura. El esfuerzo se perdió. Este año no hubo dinero para salir a comer fuera. Ni para regalos costosos. Para ellos no hubo voluntad ni razón de celebrar.

Ante esta situación y con todo el dolor de mi alma, por la familia de mi esposo, decidí enseñarle a Christian la otra cara de la moneda. Estoy enseñando a mi hijo, como me enseñaron a mí, que las cosas que cuestan trabajo y esfuerzo saben mejor. Que lo que fácil viene, fácil se va. Que las cosas materiales tienen un significado muy efímero comparado con el valor de la familia. En mi casa, aunque no tuviéramos para comer festejábamos estando juntos. La alegría no se apagó nunca por la brisa helada de los tiempos difíciles porque sabíamos que lo importante no era lo que teníamos, sino lo que nos había costado conseguirlo, el sacrificio, el esfuerzo y cuando nos esforzábamos juntos, todo era posible. Así, como la peor diligencia es la que no se hace, para mí el esfuerzo más valioso que se pierde es el que no se emprende.

Ojala lo esté enseñando bien. Ojala no lo escuche nunca más quejarse porque las paredes de su salón están sucias. Ojala lo escuche siempre contarme, que entre todos recuperaron la limpieza y que se turnan para vigilar y enseñar a los demás a conservarla, tal y como lo están haciendo. Ojala mi hijo aprenda a valorar los esfuerzos, tanto como los resultados. Ojala no me equivoque. Ojala.

8 comentarios:

La Gata que Ladra dijo...

Ah! y para quienes tengan curiosidad... me regalaron el DVD! pero aún debemos ir a comprarlo porque no le dí tiempo a Eduard este fin de semana. Ja, ja, ja, ja. Ya buscaré los libros que quiero por mi cuenta... Lo prometo, no me quedo con las ganas! Y el espejo?... mi vanidad puede esperar.

Besos que ladran a todos!

Heroinaescarlata dijo...

Las cosas simples y sencillas pero con amor, no tiene precio.

Nostalgia dijo...

qué belleza de post, si hasta me sacaste una lagrimita!
estoy de acurdo contigo, lo que se gana a base de tesón es más precioso....y qué bello ejemplo de unión familiar has plasmado aquí. Dios te bendiga esa familia que tienes ♥

Troka dijo...

Ojala!! nos preocupamos porque nuestro hijos tengan todo lo necesario y hasta más, sin embargo esa necesidad de estar enseñandoles bien el valor de las cosas materiales, del esfuerzo y sobre todo el valor de las cosas espirituales, nos causa siempre un poco de ansiedad. Queremos ser buenas madres y dejar una buena enseñanza.
Lindo post!
Abur.

La Barquisimetana dijo...

Ojalá tu hijo aprenda esas maravillosas lecciones que estas enseñandole y las ponga en práctica en su vida. Además pienso que es genial que hayas posteado sobre esto porque existen muchas personas que necesitan conocer que lo que mas esfuerzo cuesta es lo que mas se valora, como dice la canción: No quiero Na'regalao porq a mi lo regalao nunca me ha sabido a nada... Muy bella enseñanza... Un abrazote desde tierras guaras!!!

Acerina dijo...

Me encantó este Post.

Espero que tu hijo sepa valorar todas las oportunidades que tiene, las ventajas que ha tenido por estar en un ambiente privilegiado... que no lo dé todo por sentado... que aprenda a amar el trabajo, la dedicación, el placer de la colaboración y la humildad... ¡Que llegue muy, muy, muy lejos, con los mejores valores posibles!!! ...se ve que va por muy buen camino!

Te felicito por todo el trabajo que estás haciendo con él para enseñarle el valor de las cosas...

Un abrazo...

Consuelo dijo...

Ojala tengas exitos en tan maravillosa tarea. Formar a nuestros hijos con valores importantes, es tare a rdua y dificil en éstos tiempos.
Ojala Dios nos de la suficiente oaciencia y sabiduria para lograrlo y que nuestro amigos tambien lo logren. Por una familia mejor, por una pais mejor

Deliamar dijo...

NO te equivocas esa es la manera correcta para que nuestros hijos aprendan...yo tambien vengo de ahi..de los problemas que entre los cuatro gatos que formaban mi familia eran los problemas de todos y todos teniamos que ayudar...tengo mi sola hermana menor y ella es y sera siempre mi faro de apoyo...te felicito amiga por tu hermosa familia( la tuya)...comparto contigo toda la visión que pones en tu post..recibe un abrazote