27 enero 2006

Margarita es una lágrima (III Parte: El Regreso)



Margarita es una lágrima (Parte III: El Regreso)

Sigo en la tónica inicial de reafirmar, como dice el polo aquel, que “Margarita es una lágrima” porque no puedo negar que en eso se me convirtió esta noche. Es la una y media de la madrugada y todavía no sé dónde voy a meter tanta ropa! No entiendo qué es lo que pasa. Recuerdo claramente que hice el equipaje bajo la convicción y determinación de traer lo menos posible para llevarme lo más que pudiera. Es decir, me traje lo estrictamente necesario, porque aquí compraría el resto… Estoy desesperada, no sé cómo me voy a llevar todo esto. - Mamáaaaaaaaaa… préstame otro maletín! Menos mal que Eduard me estará esperando en el aeropuerto, porque este bolso no lo puedo levantar aunque quisiera hacerlo!.

Así pensaba la madrugada del jueves 05 de enero de 2006, mientras rehacía el equipaje para volver de mis vacaciones. Y es que inexplicablemente fueron a dar a mi bolso tres pares de zapatos más de los que había decidido llevar, más dos carteras (que combinaran con los zapatos, claro) y dos o tres pantalones que ni borracha me los hubiera puesto allá en Margarita! Es más, de los diez que me llevé usé sólo tres en todo el tiempo que estuve allá. Además me llevé una colección de tres trajes de baño y sólo usé uno (el que de verdad me gusta y me sirve) porque de paso, estoy muy “treintañera” para el primero y del otro, me llevé solo la parte de abajo!. Lo paradójico es que pensaba llevar sólo lo necesario y cuando llegué allá me di cuenta de que lo que más necesitaba se me había quedado aquí en Caracas: el secador de cabello, un suéter para el bebé y las medias de Christian!. Además no llevé ni una toalla! Lo indispensable y necesario se convirtió en un equipaje de “Por si acasos” que no me cabía en el entendimiento a la hora de regresar!

Luego de luchar por más de dos horas para que todo lo inútil que me llevé, más todo lo útil que me compré (incluyendo un coche paraguas para el bebé, una pista Hot Wheel Acceledrome y un carro multijuegos Fisher Price tamaño familiar) y todo lo indispensable que me quería traer entrara en tres bolsos, me acosté rendida y con los nervios de punta para levantarme dos horas más tarde. Y es que sólo conseguí boletos para el vuelo de las SIETE de la MADRUGADA! El aeropuerto de Margarita, como todos, queda botado en medio de la nada. En el propio peladero de chivo, pues. Desde donde y hacia donde es imposible llegar de otro modo que no sea en taxis (extremadamente caros) o en carro particular. Afortunadamente mi hermanito, el mismo sinvergüenza que me fue a buscar al aeropuerto cuando me llegué, se ofreció a llevarme.

La despedida fue bonita. Todos madrugaron para estar ahí. Contrario a la despedida de hace año y medio cuando me vine a vivir a Caracas, papá no estaba triste, ni molesto conmigo, ni preocupado por mi y me abrazó con todo el amor y la bendición del mundo, lleno de entusiasmo y buenos augurios por mis proyectos futuros. Mamá, que en aquella oportunidad no tuvo el valor de salir a despedirme, esta vez estaba allí, al lado de mi padre, fuerte y radiante, mi gata que ladra, con una sonrisa dulce y amorosa para llenarme de bendiciones y buena suerte hasta que nos volvamos a ver. También estaban mis hermanos (los tres que aún viven en casa), mis sobrinos y además, contra todo pronóstico, mi abuela. Los demás, habían ido a despedirme la noche anterior. El adiós fue corto, emotivo y alegre. Como dije, lleno de optimismo y apoyo. Menos traumático y más entusiasta.

Durante todo el camino al aeropuerto (escasos veinte minutos), noté el silencio de mi hijo mayor como un reclamo que me torturaba. Sabía lo que sentía, para él ha sido muy difícil afrontar esta nueva vida y dejar atrás su terruño, sus amados primos y lo que siempre fue su vida, su casa, su escuela. No ha sido nada sencillo para él. Así que trataba de animarlo haciendo planes para las próximas vacaciones, es decir, para carnavales, porque como buenos venezolanos, nosotros seguimos literalmente el ritual de los puentes y días festivos. Así que, calendario nuevo en mano, iba enumerándole a Christian todos los puentes que trajo el 2006, de qué manera podíamos aprovecharlos y convenciéndolo de que los días pasan rápido, que no habrá terminado de guardar el arbolito y recoger el nacimiento, cuando se estará poniendo el disfraz de carnaval; que no se habrá terminado de aburrir de la máscara, cuando se estará poniendo el traje de baño para la playa de semana santa y que después no se lo quitará, porque de inmediato vienen las vacaciones escolares. De ahí en adelante no queda nada para celebrar el día de la resistencia indígena que cae jueves y finalmente, cuando esté todo estropeado de tantas vacaciones, ya será navidad otra vez! Medio distraído haciendo planes, llegamos al aeropuerto.

Aquí las señoritas de atención al cliente no son tan sifrinas como las del aeropuerto de Maiquetía, son más bien sencillas y a veces hasta folclóricas! Mientras chequeaba lo de los pasajes y el protocolo de rigor, me exigieron una fotocopia de la partida de nacimiento del bebé y, cuando les dije que no tenía y que me explicaran donde podía sacarla en el aeropuerto, se limitaron a decirme: - Ay señora aquí el único sitio donde la sacan es allá arriba (señalando el piso superior o el cielo, lo que esté más cerca) y esa gente no ha abierto todavía, es muy temprano. Entonces, el maletero, que me acompañó hasta el final, se ofreció a ir hasta allá para sacarme la copia mientras yo hacía el resto del trámite. Regresó sin éxito y la señorita, muy diligente me dijo: - Mire señora, no importa, váyase tranquila que va a perder el vuelo. Deje eso así. Páseme el equipaje. El maletero se aprestó a colocar el bolso en la pesa y sorprendido por aquel maletín tan pesado, no soportó más e hizo entonces la pregunta de rigor: - Señora que lleve usté aquí? Plomo?!. A lo que respondí con crueldad un inteligible sarcasmo felino: -Plomo no, mijito, lo estrictamente INnecesario. Le di la propina, las gracias y me despedí entre avergonzada y preocupada porque se me estaban acabando las manos que cargaran el fulano equipaje. Y una vez más, menos mal que Eduard me estaría esperando en el aeropuerto, porque sino quién carga ese animal!?

Abordamos el avión (vacío, claro, quién más sino yo y otro grupo de infelices incautos escoge esa hora para volver de vacaciones) y el viaje fue rápido y sereno. Christian y el bebé se engulleron los sanduchitos y en un santiamén estábamos arribando al aeropuerto de Maiquetía. Apenas aterrizamos todo el mundo comenzó a encender los celulares, cosa que me hace mucha gracia, porque parece que para la gente apagarlo y encenderlo mientras dure el viaje es sinónimo de dejar de respirar durante ese mismo lapso de tiempo. Apenas aterrizamos, todo el mundo hizo el mismo gesto: suspiraron llevando la mano al bolsillo y el pulgar a la tecla de encender el bendito aparatito. Pero, la gracia no me duró mucho. Los rumores y murmullos comenzaron a invadir la cabina y la gente comenzó a levantarse de sus asientos con un nerviosismo extraño. - Epa, qué pasa aquí? pensé. Encendí mi celular y me dispuse a salir del avión yo también. Una señora, detrás de mí, finalmente rompió el silencio de la incertidumbre… Se cayó el viaducto!.

Pensé, otra vez, menos mal que Eduard me está esperando, porque sino quién carga esos maletines tan pesados y además, cómo carajo llego yo a Caracas ahora?!. Calma, gatita, que no cunda el pánico, como decía aquel… Seguramente Eduard ya tiene todo solucionado. Salí del avión sonriente, esperaba verlo tras las correas del equipaje, ensayaba mentalmente cómo le iba a pedir al guardia que lo dejaran pasar para que cargara el maletín: imagínese señor, cómo hago, con el bebé cargado y el otro niño, eso pesa demasiado… Además, estaba ansiosa por lucirle mi nuevo pantalón blanco (nunca había tenido uno de ese color) con lentejuelas, pegadito y a la cadera, además mi blusita escotada y sexy, y por supuesto mi bronceado de fantasía… je, je, je, se le iba a caer ese pelo cuando me viera!

Llegué a las correas, Eduard no estaba. Las colas y el alboroto por los taxis eran terribles. Tomé el celular y marqué el número que me salvaría de este desastre. Un repique… dos repiques… tres repiques… mis nervios se erizan. Por fin!: - Aló!. –Hola!. –Ya llegué. –Dónde estás tú?. –QUÉEEEEEEEEE? –Pero, y entonces?. –Yo cómo hago?. –Esos bolsos pesan demasiado y cómo hago con los niños?!. –Pero, entonces?! –Cómo hacemos?, cómo vas a hacer?! Esto es un desastre!.-Tú te volviste loco?! –Cómo me voy a quedar aquí?, hasta cuando?, sin saber nada? cómo hago? no sé cómo vas hacer, pero vente ya!.

La desesperación que sentí al pensar que tendría que cargar el bolso no me dejaba pensar en lo grave de lo que estaba ocurriendo… Tuve que colgar. Lo único que sensatamente entendí fue: -Tranquilita, mami si?, yo te voy a rescatar como sea…
Tan bello! Me volví hacia la maquina dispensadora de carritos portaequipaje. Leí las instrucciones. Costo Bs. 5.000,00. Acepta billetes de Bs. 500.00, 1.000,00, 2.000,00 y 5.000,00. Monedas de Bs. 500,00. Introduzca el pago exacto y espere a que la unidad sea liberada. Conseguí en el fondo de mi cartera cinco mil bolívares en monedas de quinientos (las guardo para la alcancía) pero la máquina no las aceptó. Probé con un billete de mil y dos de dos mil. La máquina no los aceptó. Probé con tres billetes de mil y uno de dos mil… LA CONDENADA MAQUINA NO LOS ACEPTÓ Y NO TENGO UN SOLO BILLETE DE CINCO MIL! Respiro profundo. Derrotada por la cochina máquina me regreso a las correas. Respiro profundamente otra vez y le doy las instrucciones a mi hijo mayor: -Christian, toma de la mano a tu hermano y no lo sueltes por nada del mundo, voy a ver cómo bajo el maletín, el coche, las cajas de los juguetes y los dos bolsos de esta cosa.

En el primer intento, fue imposible mover el bolso grande. Así que saqué primero los pequeños, el coche y las cajas y dejé para mi último aliento el fulano bolso. Respiré, me cuadré y lo alcancé. Apenas pude moverlo un poco más hacia el borde de las correas… Una vuelta más… Tercer intento… Dos garritas menos y… Listo! El bolso por supuesto, no lo levanté, pesaba demasiado. Lo halé de manera tal que rodando, pudiera caer al suelo y una vez logrado mi cometido venía la segunda parte… Le pregunté a la muchacha que estaba chequeando el equipaje respecto a lo que estaba pasando con lo del viaducto y cómo estaba haciendo la gente para ir a Caracas. Otro de sus compañeros se nos acercó cuando ella me relataba el desastre y la confusión que había afuera, lo imposible que era tomar un taxi o el autobús y el muchacho me aconsejó (ese fue un ángel) que no saliera de la zona de las correas, porque aunque afuera estaban los cajeros automáticos, allí adentro había baños, restaurantes y otras tiendas, además había sillas para que pudiera esperar tranquila con los niños. Me facilitó un carrito y lo vi a punto de parir para subir en él los bolsos. Me resigné a pasar allí quién sabe cuánto tiempo. Eran las 8:43 a.m. -Busquemos un sitio donde esté todo cerca y esperemos que Papá nos pueda venir a salvar. Vente Christian.

Fue comiquísimo ver como Christian, con toda la intensión de ayudarme, se dispuso a empujar el carrito que llevaba los bolsos. Todo el impulso que su menuda humanidad le concedió se le fue en decirme: -Mamá no puedo! -Tranquilo hijo, lleva tú a tu hermano en el coche que yo me encargo de eso… Tampoco era que yo pudiera mucho. Y menos con los tacones que cargaba ese día! Pero como pude lo hice rodar para darme cuenta que por la falta de mantenimiento y el peso del equipaje, al carrito le sonaba hasta la pintura! Las rueditas hacían un ensordecedor rechinar que obligaba a todo el mundo a voltear y mirarnos, mientras reían y se tapaban los oídos. Para colmo y entre comentarios de algunos (“-Señora le compro los pajaritos…”, “-Señora lleva cochinos de contrabando?...”, “-Usted como que se trajo los perniles que le sobraron en navidad, pero vivos!”...., etc.), no podía decidir donde instalar la espera y recorrimos el aeropuerto de cabo a rabo con el carrito chillón un par de veces.

Finalmente, encontramos el lugar perfecto: poca gente, cómodas sillas, un restaurante de desayunos y el Burger King al frente, vista a la pista de aterrizaje… no podía ser mejor! Allí me instalé con mis retoños. Compré el periódico, leí los titulares (lo único que suelo leer en los diarios) y la espera se prolongó entre el desayuno, los juegos de los niños, la tortura de cambiar los pañales al bebé en un baño público, los reclamos de la hora de dormir y “-Mamá quiero dar una vuelta…” “-Está bien hijo, pero sin marearte y no te salgas de ese cuadrito” (refiriéndome a la losa del piso). Cuando Eduard me llamó para avisarme que estaba llegando al aeropuerto, hacía la cola para almorzar en el Burger King. Era exactamente la 1 y 20 minutos de la tarde. Salimos de la cola. Y nos dirigimos a la salida… Y allí estaba él. Nos abrazamos más por haber logrado reunirnos antes del anochecer que por el tiempo que teníamos sin vernos. Luego de los piropos, los abrazos y besos a los niños, finalmente Eduard cargó el bolso, con el amor suficiente para levantarlo (porque el amor lo puede todo: hasta hacerse el fuerte para lucirse en esos momentos cumbres, je, je, je, je) Lo cargó dos metros y con disimulo, lo puso en el suelo, llamó a un maletero para que los cargara y se dirigió a mí… -Qué voy a estar cargando bolsos yo? Yo lo que quiero es abrazarte… Tengo que admitir que fue buena la excusa para no admitir que el bolso era “incargable”… Nos dirigimos al carro que mi cuñado nos prestó para salir del problema del traslado (un rústico) y emprendimos la marcha a Caracas por Galipán.
Tuve suerte, debo admitirlo. Por un momento pensé que si Margarita se me había convertido en una lágrima, Caracas también. Pero no fue tan traumático a la final llegar a Caracas. El paseo estuvo lindísimo (yo no conocía esos lugares). El clima divino. Los paisajes preciosos y de paso, para coronar… Unas fresas con crema en el camino que sabían a gloria! Llegamos a Caracas en una hora y media disfrutando del camino sin prisas y cuando puse un pié en mi casa y vi por televisión y en los periódicos lo que tuvo que sufrir otra gente menos afortunada, me di cuenta de que quizás Margarita sea una lágrima, pero su Virgencita del Valle no abandona a sus margariteños ni dentro ni fuera de ella. Así que los invito a visitar mi islita, el Santuario de La Virgen y mi adorado pueblito: San Juan… Lo demás es playa y rumba no más!

2 comentarios:

DINOBAT dijo...

Para eso han servido mis ojos....para ver jajajaja, un saludo, gracias por pasar!

Pino dijo...

LAGRIMAS DEJA CORRER LA NOCHE... VIAJAR ES UNA ILUSION LEJANA PARA MI... EL RELATO ESTA MUY BIEN ESCRITO...