09 diciembre 2005

FUMAS?


Yo dejé de fumar hace dos años y medio. Uno, porque me encantaba conversar con alguien que conocí y no me explicaba por qué, hasta que detallando mejor sus gestos y actitudes para hallar la razón del encanto, me di cuenta de que no fumaba, pero no sólo me movió ese hecho, sino que olía rico, olía a ser humano, a mujer bonita. En cambio el resto de las personas con las que normalmente compartía, fumadores como yo en aquel tiempo, no olían igual que ella y me miré en ese espejo… Qué horror! Yo, tan pulcra en mi vestir, en mi apariencia y mis hábitos! No. No podía permitirme que un hábito tan dañino y tan injustificable, afearan lo que tanto cuido: mi imagen.

La segunda razón vino poco tiempo después. Una vez tomada la decisión de dejar de fumar y en plena batalla consciente por lograrlo, mi voluntad se vio definitivamente aplomada e impulsada hasta el límite. El resultado de una prueba de sangre me gritaba en letras mayúsculas, Times New Roman, cursivas y en negritas: POSITIVO. Ja! Pa’dónde iba a coger yo ahora con esa pata hinchá!? Como dicen en mi pueblo. Y pensé: ahora si, esta gata o se sube o se encarama. Y encendí el último clavito de mi tumba. Que de paso se terminó de fumar Ed porque el remordimiento de estar causándole algún daño irreversible a aquella célula que llevaba dentro de mí, me espantó.

Recuerdo que comencé a fumar a los 17 años… después de culminar el liceo y despedirme de mis amigos de esa etapa, porque donde me vieran fumando se morían, pero primero me mataban!. Éramos un grupo bien sano. Bien unido y conformábamos además los consentidos de los profesores. Todos éramos en líneas generales buenos estudiantes, unos más otros menos, pero buenos todos. Teníamos mucho potencial. Nos gustaba el rock y éramos también un poco rebeldes e idealistas, pero sanos. Come flores, pues. Pocos comunes en los 80. Ninguno fumaba. Alguno que otro se echaba unos palitos de vez en cuando. Pero sólo eso. Sin embargo, cuando entré en la universidad, todo cambió. Para empezar estaba lejos de mi pueblo y mis amigos “sanos”. Este era otro mundo. Yo era la rara por no fumar, jalar caña como alambique o colarme en las discos de moda siendo menor de edad. Aún así, esto tampoco me movió a agarrar el hábito de fumar. Me encogía de hombros y me gustaba la idea de seguir siendo “rara”.

No, la razón por la que agarré mi primer cigarrillo fue más tonta. No fue la presión social, ni algún trauma de la infancia, ni la influencia de mis padres (que no son fumadores, de paso). Nada de eso, ni siquiera la curiosidad. Yo lo hice por travesura, por aburrida, por ociosidad. Aquel día mis padres me dejaron en el Terminal de Ferry casi dos horas antes de la hora de salida del barco que me llevaría a Puerto La Cruz, donde estaba estudiando entonces. Después de comprar el boleto y matando el tiempo hasta que llegara la hora de abordar, caminé todo el Terminal y se me antojaron unos caramelitos importados de licor, muy famosos, que solían vender en Margarita. Buscándolos entre montañas de Toblerone, quesitos Oro de Holanda y latas de Pringle’s, sólo encontraba la terrible amenaza de quedarme con las ganas. Con el walkman a todo volumen, el morral en la espalda y ataviada de jeans y franela, caminaba de un lado a otro, sin éxito. Finalmente me rendí y era ya casi la hora de abordar el barco, así que resignada emprendí marcha de vuelta, mirando una vez más en las atiborradas mesitas, por si acaso se me había pasado alto alguna.

Ya pensaba en qué iba a hacer durante las aburridísimas cinco horas de viaje. No conseguí los caramelos y de paso, viajaba sola. Qué puedo hacer? Algo que sea interesante, algo que nunca haya hecho. Y en ese momento mis ojos se clavaron en los de un Camello con lentes oscuros que me sugirió algo loco y compré mi primera cajetilla de cigarros. Unos Camel. Guardé mi travesura y abordé el ferry. A mitad de travesía no soportaba la ansiedad. Con esta cara de menor y esta pinta de fugada de casa, más de uno me miró con curiosidad (o lástima?)… je je je. Me dispuse en la cubierta, coloqué mi morral como almohada, subí al máximo el volumen de mi walkman y saqué mis cigarritos… Mi primera novatada: no compré fósforos! Uuuuuuyyyy, Qué fastidio! De dónde los saco? Y recogí todo otra vez, abandoné el lugar perfecto que había encontrado para recostarme en cubierta y corrí hacia el cafetín y la tiendita del barco. No encontré un encendedor, pero tuve suerte de hallar fósforos. Hice mi segundo intento, divisé otro lugar perfecto, me recosté en la misma posición de antes y saqué mi cigarrito… sorpresa! Cómo carajo se puede prender un fósforo en la cubierta de un barco? En la parte de adentro no se puede fumar. Qué hago?. Seguir intentando… Saqué mi cigarrito, lo miré y revisé por ambos extremos. Qué cosa tan extraña, nunca había visto uno igual. No encontraba el filtro… Los condenados cigarros eran sin filtro! Je je je… Eran unos pitillos de papel blanco rellenos de tabaco! Cóooooooño! Pues pa’lante es pa’allá. Así mismo y por orgullo, traté de fumar aquella porquería, no sin antes gastar la mitad de la caja de fósforos tratando de encender alguno en medio de aquella brisa. El reto era doble, porque cuando conseguía encender el fósforo, no podía mantenerlo encendido para prender el cigarro. Ya estaba perdiendo la paciencia, cosa que no es difícil para mí. Pero también me estaba obsesionando con la idea. Será que este cochino cigarro va a poder más que yo? No joda! Si los hombres pueden yo también. Y en medio de aquella desesperante impotencia y la negación de perder la batalla contra el camellito aquel, por fin logré encender el cigarro. Sentí en ese momento lo mismo que el hombre en la edad de piedra cuando descubrió el fuego. Porque tengo que admitir que haber prendido aquel cigarro en medio de esa brisa tuvo que ser mera casualidad! La felicidad duró hasta el primer jalón. GUACATELA!. Demasiado fuerte y demasiado asqueroso. Sentí que la garganta se me achicharraba y de paso aquel horroso sabor a leña mojada, a coco quemado, a no sé qué! Pero insistía, después de todo lo que me costó comprarlo y prenderlo. Llegué hasta la mitad y tuve que desistir de mi travesura. El extremo que me llevaba a la boca estaba empapado de saliva, las hilachitas del tabaco se me quedaban pegadas a los labios y tratando de quitármelas, se me pegaban además en la lengua. Traté en vano de escupirlas y entre aquello y el ahogo del humo y la tos, era yo en ese momento un desastre atroz. De heroína juvenil y rebelde, pasé a ser un despojo viejo de la adolescencia mal superada… Y de paso, en mi mente retumbaba la voz gruesa de mi papá diciéndome: - Bien hecho! Eso te pasa por Pendeja.

Esa fue mi primera y última vez… en un año. Porque entonces aprendí a comprar Belmont y Marlboro Light cuando estaba en Puerto La Cruz, y de vez en cuando para ser sifrina, cuando iba a Margarita, compraba More y le hacía coco a mis panas.

El vicio me duró unos 6 años, hasta que vino primer embarazo. Lo dejé como lo agarré. De un plomazo. Así como suelo resolver las cosas trascendentales en mi vida. Pero lo retomé 3 años después, más como una manera de devolverme a mí misma el libre albedrío que había perdido para ese entonces y que recuperé al separarme. Esta vez me duró unos 7 años. Mi segundo embarazo, el que describo al principio me lo volvió a quitar. Ah! Y el olor a ser humano de esa persona que conocí. Aunque no debo quitarle mérito a mi fuerza de voluntad. Pocos dejan de fumar en un solo día. Yo sí pude! Ojalá muchos también puedan, como lo hice yo. Sobre todo aquellos que no sólo deben hacerlo sino que tienen que hacerlo, aunque no quieran. Todo es cuestión de auto – disciplina, de ponerle carácter a la conciencia.

Lo mejor de todo? Ahora huelo rico. Qué extraño de aquello? El respectivo cigarrito de después de hacer el amor. Lo retomaría? Sería una tontería, pero quién sabe! No siempre se tiene tanta voluntad. Por lo pronto disfruto mucho cuando me preguntan: Fumas? Y les respondo con una gran sonrisa: No!. Y me siguen mirando raro.

3 comentarios:

Efrén dijo...

Yo también dejé de fumar, no hace tanto tiempo como tu, pero si de la misma forma, de un sólo golpe. Ahora me siento mucho mejor, de hecho mi casa, mi ropa, yo, el carro, la oficina, todo huele mejor.

Ya mi esposa no se ahoga con el humo del cigarro, a pesar de que siempre trato de fumar en la ventana.

Espero que esta vez si lo dejes definitivamente, yo se que lo dejé.

Nostalgia dijo...

Bienvenida a la blogósfera :)
yo tengo tres años sin fumar y ha sido lo mejor....lo malo? los kilos ganados:la ansiedad la calmo comiendo de toda vaina :(
yo también vivi en la isla por muuucho tiempo....tremendo paraiso, no?
saludos :)

o positivo dijo...

yo no voy a defender el cigarro, pero si al derecho de joderse si asi se desea, la gente fuma y la gente usa coches que tiran humo y los demas lo respiramos y es igual, lo que sientes cuando fumas no es ni sublime ni bla,bla, bla, cuando fumas es como cuando te empacas una hamburguesa a pesar de la infinidad de grasas que te tapan las arterias del corazon, o como cuando te tiras en la playa a pesar de la ola de rayos uv que te pueden provocar cancer en la piel, es cierto que el humo molesta a los que no fuman y hasta les da argumentos para criticar al que lo hace, yo no soy un fumador pero si me fumo uno de vez en cuando, como tambien de vez en cuando me como una hamburguesa y me tiro en la playa al sol, todos nos matamos un poco para vivir, y nos faltamos el respeto y se los faltamos a los demas al fumar cerca de ellos o al promover el consumo de grasa o al desear unas vacaciones en la playa, como artista de holliwood, pero saben el mundo no seria mejor sin esto, seria cuadrado y sin reveses, el cigarro le hace falta a la vida como la maldita sal del salero a la comida, que poco necesita nuestro cuerpo y le endurece las venas y no por eso van a dejar de vender sal y si, quiza la industria tabacalera esta tendiendo a perder fuerza, pero no a morir, ni el alcohol que deshace a los higados, ni las drogas que deshacen las mentes y muchas cosas malas que son opciones para ser buenas de vez en cuando en la vida… lo malo es ser un bobo que no comprenda la diferencia entre de vez en cuando o alguna vez y entre nunca o entre siempre… liberense un poco y sean felices…