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05 febrero 2007

¿A quién le gusta estar solo?

Hay momentos para estar solo. Pero ¿qué pasa cuando estamos solos sin querer estarlo? Cuando, aún estando en compañía, nos sentimos solos o cuando sencillamente ansiamos compañía y no la tenemos.

Comer, ir al cine, disfrutar de un concierto o soplar las velitas de cumpleaños, por citar algunos, son momentos en los que siento imperiosa necesidad de compartir. Es como una manera de celebrar esas bendiciones. Los despechos, las decepciones, las tristezas o las preocupaciones, puedo sobrevivirlas sola, más fácilmente, que meterme en un cine o almorzar sin compañía.

Quizás por eso, son esos momentos de soledad obligada en los que me abro más al mundo y mi disposición a observar y comprender se exacerba. Los engranajes de mi cerebro comienzan a moverse y rechinan. No puedo poner en “pausa” mi cerebro y comienzo a divagar imaginando cosas que pueden suceder respecto a cosas que suceden, sus consecuencias y finalmente me preocupo o emociono, antes de tiempo. La soledad me da espacio para pensar ociosamente.

Abro mis oídos y disfruto cada sonido de cuanto me rodea. Las voces, los cubiertos de la mesa contigua, los cornetazos y las mentadas de madre del tráfico, la música que suena en el ambiente o la que llevo en mi cabeza. Todo es válido con tal de acallar el ensordecedor escándalo de silencio que trae siempre consigo la soledad no deseada. Esa soledad que es mala consejera, aunque resulta buena compañía a la hora de hacer dieta.

Cuando voy sola a un restaurante, por ejemplo, y no tengo asuntos imperantes que resolver en mi interior, me acompaño de lo que me rodea. Es así, como el mesonero inquiere mi orden más de una vez, pues en el momento en que me lo preguntó hace unos segundos, apenas venía regresando mentalmente de la historia que le hilaba a la pareja de la mesa del rincón.

Veo a las personas e imagino, por sus caras, en qué pueden estar pensando o qué clase de vida llevan. Invento una novela, una historia, a la señora que está sola en el fondo, mirando a cada rato el reloj y apagando un tercer cigarrillo mientras su bebida aún está a la mitad. Imagino el alivio que debe sentir aquella otra que logra, al fin, que los tres niños que trae se queden quietos y no hablen más alto de lo “debido”. Imagino lo importante que debe ser el negocio que mantiene a aquel hombre pegado al celular, la calculadora y las notas en la agenda, mientras la comida se enfría igual que la mirada de la mujer que lo acompaña.

Es así como he notado que en las mesas de mujeres solas, siempre hablan de una que no está o de uno que se “portó mal”. Y aquellas donde hay un grupo de hombres solos, son mis favoritas, porque trato siempre de adivinar de qué hablan y nunca acierto, excepto por algunos, tipo intelectuales, que tratan de arreglar al mundo (teóricamente, claro está).

Cuando termina ese lapso de soledad obligada camino comentándome lo que acabo de oír o pensar. Generalmente despido a la soledad como si acabara de compartir un tortuoso café conmigo. Generalmente, termino recriminándole lo mismo: La próxima vez, avísame antes de venir (Para preparar una excusa infalible que me impida tener que soportarte).

Ella sabe que me cae mal y sabe que siempre llega inoportunamente. Aún así, se auto-invita. Tiene un sentido muy agudo para escoger el peor momento o simplemente sabe cómo fastidiarme. A veces creo que lo hace a propósito.

Pero, cuando la necesito, debo suplicarle que aparezca. Debo hacerle una escena histérica para que me oiga y anhelo con todo el corazón, que bastara con hacer algún “click” para tenerla.

Mi soledad tiene personalidad y ¡vaya, qué es difícil! Es esquiva, lejana y arrogante cuando me sabe a sus pies. Pero cuando le doy la espalda, se vale de cualquier artimaña o zancadilla para volver a instalarse en el lugar o en el momento menos oportuno.

Tengo la cartera llena de servilletas escritas en momentos de soledad inoportuna y esto, es una muestra de las cosas que me pasan por la cabeza. Quería compartirlo.

Besos que ladran!